El debate de la segunda lengua: ¿inglés, lengua indígena… o Suagili?
- Elkin Pelaez

- 10 ago
- 2 Min. de lectura
En Colombia tenemos un talento innato para darle la vuelta a los debates importantes y dejarlos en la eterna esfera de la discusión filosófica. Ahora, el turno es para el inglés como segunda lengua.

Mientras expertos en educación, comercio exterior y tecnología insisten en que debemos intensificar su enseñanza para competir en el siglo XXI, el presidente Gustavo Petro nos recuerda que sería más justo darle estatus de segunda lengua oficial a las lenguas indígenas. Y claro, no faltó quien recordara aquella célebre visita de la vicepresidenta a África, cuando anunció entusiasmada que aprenderíamos suajili como parte de un acuerdo de cooperación. Spoiler: todavía no hay colegios ofreciendo “Suajili I” en el pénsum?
No se trata de despreciar nuestras lenguas originarias, que son un patrimonio cultural invaluable, ni de minimizar la necesidad de preservarlas y revitalizarlas. Pero, y aquí viene el gran pero, ignorar la realidad geopolítica del inglés en la educación de hoy es como pretender navegar un transatlántico con remo de madera: un gesto romántico, sí… pero inútil en alta mar.
Vivimos en la era de la inteligencia artificial, de los viajes programados a Marte, del comercio global instantáneo. En este contexto, el inglés no es solo “la lengua de Shakespeare”: es el idioma en el que se escriben los manuales de la NASA, los algoritmos que mueven a ChatGPT, los contratos de comercio internacional y las conferencias científicas más influyentes. Negarlo es como decir que podemos liderar el futuro usando solo señales de humo.
Claro, el presidente matiza: no está en contra de que se estudie inglés, solo de que se oficialice como segunda lengua en la educación pública. Pero aquí surge la pregunta que incomoda: ¿es que acaso “oficializar” no es precisamente lo que nos permitiría trazar una política seria, con recursos, metas y continuidad? Porque hasta ahora, lo que tenemos es un inglés escolar que muchas veces se reduce a aprender a decir “My name is Juan” durante 11 años, para luego salir al mundo real y no entender ni los subtítulos de Netflix.
Mientras tanto, países vecinos ya convirtieron el inglés en herramienta clave para atraer inversión, formar profesionales competitivos y no depender de traducciones improvisadas. En Colombia, en cambio, seguimos discutiendo si enseñarlo con fuerza es “imposición cultural” o “traición a la patria”.
Ojalá algún día entendamos que el verdadero dilema no es inglés o lengua indígena. Podemos –y debemos– enseñar ambas. Una para que nuestros jóvenes dialoguen con el planeta; la otra, para que no olviden de dónde vienen. Lo que no podemos es quedarnos mudos en medio del siglo XXI, esperando que el mundo aprenda a hablarnos… en español.
Profes al Aula.








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